jueves, 7 de febrero de 2013

Toque de arrebato


El hielo del vaso se golpeaba entre sí, mientras lo agitaba, provocando una tormenta de ginebra,
simulando el toque de arrebato de los antiguos campanarios, 
sincronizándose con el sonido de la partida de billar que había comenzado, 
de fondo sonaba “Two way street” de Kimbra,
levanté la mirada del vaso y tus ojos no se habían separado ni un solo instante de mis labios,
esperando una respuesta, por aquella época lo que mejor se me daba era dar respuestas
convincentes para oídos creyentes.

- Por supuesto que me gustas, eres más bonita que un bronceado en Enero. ¿Qué hombre
no desearía tener entre sus manos un ángel caído como tú?
- Entonces… ¿Bailamos?
- Lo siento, pero yo no bailo, no es que no sepa, es que nunca he conseguido hacerlo bien.
- ¿Seguro que no? Mira, cualquier chico de los que hay en la pista bailará conmigo.
- Adelante.

Levantaste esas preciosas piernas y te abalanzaste sobre el primero que encontraste 
cogiéndole de la mano, agitando el trasero como una jodida posesa, pero sin dejar de mirarme 
ni un solo segundo, intentando provocarme, créeme, lo hiciste y no lo reconoceré nunca. 
Me di media vuelta y continúe mi romance con el vaso,
al instante tenia tus pechos golpeando contra mi espalda y tu voz susurrándome al oído.

- ¿No te habrá molestado? Tan solo era una broma tonto, para ver si reaccionabas.
- ¿Para ver si reaccionaba? ¿Pretendes meterme en problemas?
- No era esa mi intención, lo siento, la única manera que tengo de saber si alguien está realmente
interesado en mí, es ver cómo le molesta que otro hombre me ponga las manos encima.
- Sabes que lo que acabas de decir no te deja en buen lugar a ti, ni a mí. ¿Verdad?
- Lo sé, y ahora sé que realmente te intereso. Porque no puedes negar que te ha molestado.

Pagué los tragos, te cogí de la mano, esa mano de finos dedos, suaves, demasiado suaves para el 
carácter que te representa y te arrastré a un bar detrás de otro, contándonos los secretos más oscuros de nuestra existencia, nos complacía saber que ninguno iba a asustarse al oírlos, éramos adorables bestias consumidoras de personas con un enorme corazón deseando salir de debajo del duro cuero que vestíamos por piel.

- Creo que deberíamos ir a casa, se está haciendo tarde y las calles empiezan a cruzarse como serpientes.
- ¿Sueles utilizar siempre esa frase para culminar?
- No quieres saberlo.
- ¿Y te funciona?
- No lo sé, dímelo tú.

Recogimos el coche del garaje, en esta ciudad es imposible no pagar por aparcar, 
pero tiene su encanto, el tiempo se congela allí dentro, es el principio de muchas historias, 
si esas paredes pudiesen hablar.Tus labios se abrieron, como pidiendo el sabor de los míos, 
y allí estábamos los dos, como si fuéramos dos adolescentes escondiéndose por creer que 
están haciendo algo malo. En realidad si lo estábamos haciendo,
pero, ¿como algo tan gratificante podía ser malo?. 
Cuando quisimos darnos cuenta estábamos desnudos sobre mi cama,
tu gritabas, yo te observaba y sonreía, y los vecinos deseaban que les sangraran los oídos
para no tener que escuchar algo tan lascivo y que tanta envidia les provocaba. Cuando terminó
el espectáculo de baile, no apto para cualquier público, encendiste un cigarrillo y jugaste
con tu dedo resbalando en el pecho por el sudor, era algo hipnótico, 
como una danza de agradecimiento a los dioses.
Y luego, luego lo único que pasó, es que se hizo jodidamente de día.


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