Dentro de
cinco años, o quizá fue hace cuatro,
despertamos
después de una siesta en el sofá de una casa de piedra,
blanca, sin
tejado, dejando coronar a una terraza de
color rojizo
igual que
los marcos de las ventanas. Nos miramos fijamente,
no hablamos,
tan solo nos miramos como si no hiciesen falta las palabras,
caminamos
juntos hacia la salida y al cruzar la puerta
nos
encontramos directamente sobre un manto de arena fina,
grisácea,
casi blanca, delante, el mar Mediterráneo,
pero un mar
Mediterráneo nuevo, como renovado.
El sol
parece tímido, escondido entre una fina capa de nubes semitransparentes,
caminamos
hacia él, el agua es de color azul oscuro, casi eléctrico,
pero se
puede ver a través de ella. Cuando queremos darnos cuenta
estamos
nadando mar adentro. ¿Puedes sentir esa sensación?
La libertad,
los músculos bombeando el flujo sanguíneo,
el cabello
mecido por el liquido elemento. Tras unos minutos de trance viajero
llegamos a
una isla, nuestra isla…
¿Lo
recuerdas?
Quizá no lo
recuerdas porque nunca sucedió, o porque quedo tan lejano
que tu
memoria no pudo retenerlo, quizá es un método de autodefensa.
Siempre
supimos que las experiencias dolorosas
es mejor
empujarlas hasta lo más profundo,
lo más
oscuro antes de llegar al alba y solo dejar salir un rayo de sol.
Para no
volver a repetirlas…
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